Vera Umbral

textos · archivos visuales

[email protected]

textos

Mi único lector

Mi único lector es una jirafa que vive en el jardín de abajo. Por la mañana, mientras hace su paseo habitual, asoma la cabeza en la ventana del segundo piso y, con una silenciosa curiosidad, se pone a leer las páginas escritas. Durante un rato, los grandes ojos siguen atentamente las líneas negras que llenan las hojas sobre mi escritorio. Luego me lanza una mirada llena de comprensión y se dirige hacia los árboles para continuar su caminata. Por mi parte, alentada por la visita, reanudo mi trabajo, dedicado a mi único lector.

volver a textos

archivos visuales

fragmento I

el hogar del viento

El viento no vaga constantemente; cuando se cansa de hacer travesuras, agotado de tanto correr por los campos, entra en las cajas que mi tío tiene en el porche. Se acuesta dentro para descansar. Entonces mi tío las cierra con las tapas, ordena los cojines con pájaros bordados y nos sentamos encima para observar el campo sosegado después del torbellino.
Las cajas son grandes y llevan estampillas sobre la madera áspera de color de paja. Antes estaban en el salón. Se las trajo la tía Victoria el día que vino a vivir con mi tío. Dijo que estaban llenas de libros y de los borradores de la novela que se proponía escribir. Pero a los nueve meses de su llegada se fue con un vendedor ambulante y las cajas se quedaron aquí. Solo que ahora están vacías y son el hogar del viento.
La tía Victoria se fue porque no soportaba el viento. De donde venía no había viento, decía. Hablaba de lluvia y de niebla; los cristales de sus anteojos se empañaban y los ojos oscuros desaparecían detrás de los lentes gruesos. Tenía que ser un lugar frío y húmedo el suyo, me figuraba. En cambio, por estas partes tenemos un viento tan fuerte que arranca árboles y levanta los techos de las chabolas bailando en nubes de polvo sobre los campos enmudecidos. A la tía Victoria nada de eso le gustaba, y un día de otoño se fue en el auto de ese hombrecito de pelo pelirrojo cortado a cepillo que vendía ollas y palanganas y era cojo porque la pierna izquierda era una pata de palo.
—No aguanto más. Nadie puede retenerme. —Así hablaba mientras sacaba sus cosas del ropero y las tiraba sobre la cama. Enseguida bajó la maleta del desván y embutió dentro su vestido azul con puntos blancos, el rojo muy ceñido y el otro amarillo con el cinturón negro. Puso encima los zapatos de tacones y las dos bolsas que le había comprado mi tío. Salió por la puerta delantera y arrojó el equipaje en la vagoneta.
—¡Espera, Victoria! ¿Adónde vas, cariño? —le preguntó mi tío. Mi tío era un hombre grande y tenía unas manos enormes siempre manchadas de tierra.
—Me voy de aquí, del viento, del polvo —dijo ella recogiéndose el cabello castaño con una cinta roja que hacía juego con su falda.
—¿Y tus libros? ¿El manuscrito?—La voz se le había puesto aguda, el mentón le temblaba mientras unas gotas de sudor cubrían su labio superior—.¿Volverás por ellos?
—No lo sé —dijo ella—. Ya se me pasaron las ganas de escribir.
Así que se fue aquel día de otoño, con la pequeña maleta en la mano, frente a los ojos incrédulos de mi tío. Era una mujer extraña la tía Victoria. A menudo repetía que era escritora, pero nadie la vio abrir las cajas ni escribir una sola frase. Tal vez no tuviera tiempo para dedicarse a su oficio de tanto lamentarse del viento. Y si su presencia la trastornaba en sumo grado, su ausencia la angustiaba aún más. De modo que pasaba los días sentada en la mecedora con los ojos clavados en la morera aguardando la aparición de los primeros estremecimientos en sus hojas. En aquella época a mi tío todavía no se le había ocurrido usar cajas vacías para cerrar el pacto con el viento.
Pasaron dos semanas y mi tío dejó de esperar su regreso. En una tarde fría y sin luz, alzó una hoguera frente al porche y se puso a quemar todas las pertenencias de la tía Victoria. El fuego devoró su abrigó marrón con cuello de piel rala, luego unos pantalones viejos, un cinturón dorado y unos zapatos desgastados. La bata de baño con manchas de café, unos monos zurcidos, pañuelos para el pelo y un cepillo de dientes. Todo se transformó en un humo negro y amargo que quedó suspendido como una cortina frente al porche. Luego, mi tío se puso a vaciar las cajas. Los libros de la tía Victoria acabaron en la estantería del salón; el manuscrito entero, en la hoguera. Las llamas lamían las hojas cubiertas de letras menudas. Poco a poco las transformaban en cenizas que volaban en el aire y se posaban sobre el mantel celeste de la mesa.
Desde aquel día tenemos las vacías cajas de madera aquí, en el porche, sobre ellas, los cojines con pájaros bordados por mi abuela. Cuando aparece el viento, recogemos los cojines y los metemos dentro de la casa; dejamos las cajas sin taparlas, de manera que el viento pueda entrar cuando se le antoje. Y, a decir verdad, con el tiempo este viento se ha puesto más apacible y no ha vuelto a hacer remolinos ni a levantar techos. Pero la tía Victoria eso no lo sabe y, por lo tanto, no regresa. Mi tío sale a menudo a la calle; la observa atentamente con los ojos hechos dos rendijas. Pero no ve a nadie. Luego entra, cierra la puerta y se sienta en la mecedora debajo del cobertizo, las manos apretadas y los ojos fijos en las cajas llenas de viento.

volver a textos